martes, 30 de octubre de 2007

Voyeur



Te vi alzar la vista de pronto, como los animales al olor del depredador. Yo estaba más atrás, y no me viste observar tu gesto, escondido en mis anteojos y el tabloide vespertino. Alcanzaba a observar parte de tu perfil, el mentón liso, la cabellera anárquica, la nariz helena, tus pecas de rapaz, y los ojos que en ese momento, entrecerrados, se alzaron intrigados hacia la gente que caminaba, lanzados en la búsqueda de la certeza que tu miope condición no te daba.
Creo sinceramente que no existen las casualidades, que la vida y el universo son un baile de miradas y señuelos que giran al encuentro del sino que la fortuna les ha reservado, y que incluso los devenires más abstrusos tienen un sitio en el minueto sofisticado del orden celestial. Por eso no acierto a tildar de casualidad al lento tango arrabalero que fue tu mirada al levantarse, una seña de luz decadente que se alzó como por última vez sobre los capiteles de todos los cafeteros que a esa hora de la tarde sorbían sus capuchinos en las mesas de avenida Caupolicán.
No podía ser de otra forma. Si tus ojos no se hubieran levantado como el telón ralentizado de una ópera añeja, si no hubieras seguido tu instinto de escrutador astigmático del horizonte, no la hubieses visto. Pero la viste, la sentiste, la observaste venir, media cuadra más abajo, contoneando su figura por la calleja atestada de gente, deslindando el espacio con su andar de fiera en celo, llenando de interrogantes el vacío cotidiano de tu mente. ¿Estabas seguro? Tu seguridad no valía un peso, eso lo supe de sólo ver cómo achicabas los párpados, cómo juntabas fuerza en los ojos y tratabas de deshacer la bruma que la falta de anteojos te ponía como una sentencia delante. Seguro que maldijiste la hora en que la vanidad no te dejó coger los anteojos. Entrecerradas, tus pupilas intentaban darte la confianza del conocimiento, de saber si ese caminar, ese garbo, la forma de mover las caderas, de agitar las manos, pertenecían a la misma divina presencia que creíste reconocer. Ella se acercaba violentamente a tu mesa. Podías ver a Newton y a toda la gravedad del universo como unos niños entre sus piernas. Un aire distinto corría entre ellas, llevándola a tu encuentro.
¿Era ella? Creí leer tus labios cuando susurraron la pregunta que te rondaba la memoria. No la reconociste realmente, así que todo fue supuesto, nada era cierto, todo lo sólido se desvaneció en el aire, al contacto del viento de duda que levantaban sus pechos que se agitaban frutales contra la fiereza de aquel día gris, sabor a lluvia y cortado. Te acomodaste inquieto en tu silla, buscando una posición que te permitiera dominar bien la escena. Ella estaba casi al pasar. Un último esfuerzo de tus ojillos soñadores, y tal vez sí, parecía que sí era, aquella diva del aire que alguna vez te dejó colgado de un sueño para irse con otro, la misma que te llenó de amarguras el corazón, esa a la que hubieras besado la huella de sus zapatos, ella, la que te permitió conocer el cielo y el averno casi al mismo tiempo.
Una fracción, un pedacito de segundo. Ya te levantabas a su encuentro, ya volaba tu sueño al encuentro de la felicidad que se te escapaba por la boca en una sonrisa cuando algo, un gesto, un mohín de su boca, el movimiento acompasado del velo cadencioso y oscuro de su cabello, y la realidad se desmintió. Una cosa apretada y húmeda se desencajó dentro de ti, y fingiste cambiar de posición, al tiempo que ella pasaba por tu lado, con paso firme, levantando la mano para saludar a algún conocido que tú no podías ver. Te giraste del lado contrario al mío, y ya no te pude ver el rostro, seguramente irritado por la estupidez de esperar que la vida te diera un obsequio, un regalo que cerrara el círculo de las noches dedicadas al culto de Onán.Alcancé a ver tu figura huyendo del error. No volteaste, no quisiste comprobar tu desesperada equivocación, no intentaste siquiera una segunda opinión, sabedor de que tu vista no era compañía para el reconocimiento. Huiste de allí acosado por la molestia, sin ver cómo aquellas caderas oníricas que alguna vez adornaron tus manos, cómo aquel talle y esa oscura cabellera vegetal que habías creído reconocer, y que hace algún tiempo eran patrimonio de tu orgullo, se inclinaban sobre mi rostro, ni supiste cómo sus labios tornaban mi lengua en rotunda presa, apenas asomada fuera de mi sonrisa.

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