martes, 30 de octubre de 2007

El roce secreto de tu piel


Por alguna razón éramos tu y yo metidos bajo esas frazadas en lo mas profundo de la noche, justo antes del amanecer. El porqué estábamos allí no importa ahora, pero desde un principio fue inminente que un naufragio haría ahogarse a mi alma en el escorzo de tu humanidad. Hacía tiempo ya que deseaba aunque fuera tan sólo rozar la morena fiereza de tu piel, y entonces sin buscarlo, o tal vez buscándolo un poco, mis dedos se encontraron torpemente en tus hombros, simulando un no se qué de acompasado masajeo, al tiempo que mi propio compás vital se suspendía hasta el silencio mortal y la vida vibraba trémula en el febril acápite que era el comienzo del fin de tu espalda. Comenzaron a recorrer casi como al descuido mis dedos sobre la curva cerrada de tus caderas, lento al principio, sólo con las yemas y un leve temblor de mi cuerpo al descubrir cada rincón de las dunas suaves y candentes, Sahara de placer, entregado a la exploración del aventurero, el calor de saber y aún así no pensar, un fuego de negra y ardiente incontinencia que se concentraba en mis falanges y se derramaba por todo el universo, donde yo creía escuchar como una invitación el susurro invisible de mis manos recorriendo sin inocencia toda la extensión de tu espalda.
A cada roce, tu respiración saltaba hacia un abismo. Con cada toque, tu rostro se hundía en mi pecho, buscando el aire que le faltaba al resto de tu cuerpo. Tu corazón galopaba como una bestia asustada, y no era simple miedo a lo que pudiese ocurrir, sino la angustiosa certeza de la incertidumbre, el ansia por unas manos ajenas hechas en ese momento para recorrer los paisajes imaginarios de tu anatomía. Busqué como un animal el olor de tu pelo, y me encontré con un aroma tan propio, tan sencillamente familiar, que entonces me di cuenta de que por alguna treta, una jugada del destino, había vuelto maravillosamente a casa, y estaba justo donde la casualidad me puso, pero también en el único lugar donde en aquel momento podía realmente estar.
¿Soñabas entonces con mis manos, que comenzaban a sondear los fondos ocultos de tu ser?, ¿Tenía rostro mi cuerpo para ti?. En ese momento comenzaste a tocarme tu también, y mis formas supieron de tus caricias huérfanas, de tus manos fuertes en busca de la huella de mi ser, de los círculos de brillante humedad que iban y venían en mi mente como una lenta y silenciosa canción de las mareas de un océano oscuro, palpitante e hipnótico que creaste sólo para mi con la punta de tus dedos. Poco a poco tus manos se fueron deteniendo, y con ellas el tiempo dejó de existir. Al final, eran nuevamente mis manos en tu cuello, mis manos en tu espalda, mis manos en tu cintura, mis manos en tus caderas, y otra vez era la acezante violencia de tu respiración, tu pecho que brincaba contra el mío, tus labios que entreabiertos pedían algo que no lograban articular.
Abandonado a mi suerte, me lancé en la odisea de la exploración. Mis manos fueron batiscafos avezados, tal vez herederas de la tradición de Costeau y la húmeda inmensidad de su mar adorado, o tal vez de Livingstone y el extravío adrede en la vorágine demencial de la selva tórrida y hambrienta. Estaba perdido, ensimismado, ya no era yo, eran sólo mis manos que buscaban un centro inexistente, algo donde terminar aquella insana locura de placer, un lugar donde hacer descansar el arrollador desquiciamiento de tocarte y no verte, de encontrarte sin haberte perdido, de reconocer tu aroma y tus formas como si alguna vez tu deseo y el mío se hubiesen conjugado en otro tiempo y lugar para darse cita allí, en el increíble punto del universo donde era posible el roce secreto de tu piel.
El crescendo era insoportable. Algo se iba a romper en ese aire cargado de presagios tibios con olor a sudor y ganas. Y de pronto, como un niño sorprendido en falta, temí. Tuve miedo, el pecado de los cobardes y las bestias, el temor que acecha a los que se aventuran mas allá del umbral de los misterios, y consciente de ti, de mi, del vértigo que me dominaba, y de todo cuanto nos rodeaba, titubeé.
Todo se disipó. La realidad de golpe duele, y yo, que puedo ser un animal, pero un animal educado al fin y al cabo, te sonreí como se sonríe cuando lo que uno quiere es morir, llorar e incluso perderse para siempre entre los deltas oscuros del cuerpo de una mujer. Te di un abrazo, cerré mis ojos, y te acaricié el cabello hasta hacerte dormitar entre mis brazos, pensando que nada en el mundo me habría sacado de allí, y que tal vez sólo lo soñé, que nunca te toqué, que en realidad siempre estuvimos así, tu dormida y yo acariciándote el cabello, aceptando con resignación que la realidad misma es un concepto equívoco cuando lo que respira frente a ti es la encarnación misma del deseo, enredado bajo unas frazadas en lo mas profundo de la noche, justo antes del amanecer.

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