miércoles, 24 de septiembre de 2008

martes, 30 de octubre de 2007

Voyeur



Te vi alzar la vista de pronto, como los animales al olor del depredador. Yo estaba más atrás, y no me viste observar tu gesto, escondido en mis anteojos y el tabloide vespertino. Alcanzaba a observar parte de tu perfil, el mentón liso, la cabellera anárquica, la nariz helena, tus pecas de rapaz, y los ojos que en ese momento, entrecerrados, se alzaron intrigados hacia la gente que caminaba, lanzados en la búsqueda de la certeza que tu miope condición no te daba.
Creo sinceramente que no existen las casualidades, que la vida y el universo son un baile de miradas y señuelos que giran al encuentro del sino que la fortuna les ha reservado, y que incluso los devenires más abstrusos tienen un sitio en el minueto sofisticado del orden celestial. Por eso no acierto a tildar de casualidad al lento tango arrabalero que fue tu mirada al levantarse, una seña de luz decadente que se alzó como por última vez sobre los capiteles de todos los cafeteros que a esa hora de la tarde sorbían sus capuchinos en las mesas de avenida Caupolicán.
No podía ser de otra forma. Si tus ojos no se hubieran levantado como el telón ralentizado de una ópera añeja, si no hubieras seguido tu instinto de escrutador astigmático del horizonte, no la hubieses visto. Pero la viste, la sentiste, la observaste venir, media cuadra más abajo, contoneando su figura por la calleja atestada de gente, deslindando el espacio con su andar de fiera en celo, llenando de interrogantes el vacío cotidiano de tu mente. ¿Estabas seguro? Tu seguridad no valía un peso, eso lo supe de sólo ver cómo achicabas los párpados, cómo juntabas fuerza en los ojos y tratabas de deshacer la bruma que la falta de anteojos te ponía como una sentencia delante. Seguro que maldijiste la hora en que la vanidad no te dejó coger los anteojos. Entrecerradas, tus pupilas intentaban darte la confianza del conocimiento, de saber si ese caminar, ese garbo, la forma de mover las caderas, de agitar las manos, pertenecían a la misma divina presencia que creíste reconocer. Ella se acercaba violentamente a tu mesa. Podías ver a Newton y a toda la gravedad del universo como unos niños entre sus piernas. Un aire distinto corría entre ellas, llevándola a tu encuentro.
¿Era ella? Creí leer tus labios cuando susurraron la pregunta que te rondaba la memoria. No la reconociste realmente, así que todo fue supuesto, nada era cierto, todo lo sólido se desvaneció en el aire, al contacto del viento de duda que levantaban sus pechos que se agitaban frutales contra la fiereza de aquel día gris, sabor a lluvia y cortado. Te acomodaste inquieto en tu silla, buscando una posición que te permitiera dominar bien la escena. Ella estaba casi al pasar. Un último esfuerzo de tus ojillos soñadores, y tal vez sí, parecía que sí era, aquella diva del aire que alguna vez te dejó colgado de un sueño para irse con otro, la misma que te llenó de amarguras el corazón, esa a la que hubieras besado la huella de sus zapatos, ella, la que te permitió conocer el cielo y el averno casi al mismo tiempo.
Una fracción, un pedacito de segundo. Ya te levantabas a su encuentro, ya volaba tu sueño al encuentro de la felicidad que se te escapaba por la boca en una sonrisa cuando algo, un gesto, un mohín de su boca, el movimiento acompasado del velo cadencioso y oscuro de su cabello, y la realidad se desmintió. Una cosa apretada y húmeda se desencajó dentro de ti, y fingiste cambiar de posición, al tiempo que ella pasaba por tu lado, con paso firme, levantando la mano para saludar a algún conocido que tú no podías ver. Te giraste del lado contrario al mío, y ya no te pude ver el rostro, seguramente irritado por la estupidez de esperar que la vida te diera un obsequio, un regalo que cerrara el círculo de las noches dedicadas al culto de Onán.Alcancé a ver tu figura huyendo del error. No volteaste, no quisiste comprobar tu desesperada equivocación, no intentaste siquiera una segunda opinión, sabedor de que tu vista no era compañía para el reconocimiento. Huiste de allí acosado por la molestia, sin ver cómo aquellas caderas oníricas que alguna vez adornaron tus manos, cómo aquel talle y esa oscura cabellera vegetal que habías creído reconocer, y que hace algún tiempo eran patrimonio de tu orgullo, se inclinaban sobre mi rostro, ni supiste cómo sus labios tornaban mi lengua en rotunda presa, apenas asomada fuera de mi sonrisa.

El roce secreto de tu piel


Por alguna razón éramos tu y yo metidos bajo esas frazadas en lo mas profundo de la noche, justo antes del amanecer. El porqué estábamos allí no importa ahora, pero desde un principio fue inminente que un naufragio haría ahogarse a mi alma en el escorzo de tu humanidad. Hacía tiempo ya que deseaba aunque fuera tan sólo rozar la morena fiereza de tu piel, y entonces sin buscarlo, o tal vez buscándolo un poco, mis dedos se encontraron torpemente en tus hombros, simulando un no se qué de acompasado masajeo, al tiempo que mi propio compás vital se suspendía hasta el silencio mortal y la vida vibraba trémula en el febril acápite que era el comienzo del fin de tu espalda. Comenzaron a recorrer casi como al descuido mis dedos sobre la curva cerrada de tus caderas, lento al principio, sólo con las yemas y un leve temblor de mi cuerpo al descubrir cada rincón de las dunas suaves y candentes, Sahara de placer, entregado a la exploración del aventurero, el calor de saber y aún así no pensar, un fuego de negra y ardiente incontinencia que se concentraba en mis falanges y se derramaba por todo el universo, donde yo creía escuchar como una invitación el susurro invisible de mis manos recorriendo sin inocencia toda la extensión de tu espalda.
A cada roce, tu respiración saltaba hacia un abismo. Con cada toque, tu rostro se hundía en mi pecho, buscando el aire que le faltaba al resto de tu cuerpo. Tu corazón galopaba como una bestia asustada, y no era simple miedo a lo que pudiese ocurrir, sino la angustiosa certeza de la incertidumbre, el ansia por unas manos ajenas hechas en ese momento para recorrer los paisajes imaginarios de tu anatomía. Busqué como un animal el olor de tu pelo, y me encontré con un aroma tan propio, tan sencillamente familiar, que entonces me di cuenta de que por alguna treta, una jugada del destino, había vuelto maravillosamente a casa, y estaba justo donde la casualidad me puso, pero también en el único lugar donde en aquel momento podía realmente estar.
¿Soñabas entonces con mis manos, que comenzaban a sondear los fondos ocultos de tu ser?, ¿Tenía rostro mi cuerpo para ti?. En ese momento comenzaste a tocarme tu también, y mis formas supieron de tus caricias huérfanas, de tus manos fuertes en busca de la huella de mi ser, de los círculos de brillante humedad que iban y venían en mi mente como una lenta y silenciosa canción de las mareas de un océano oscuro, palpitante e hipnótico que creaste sólo para mi con la punta de tus dedos. Poco a poco tus manos se fueron deteniendo, y con ellas el tiempo dejó de existir. Al final, eran nuevamente mis manos en tu cuello, mis manos en tu espalda, mis manos en tu cintura, mis manos en tus caderas, y otra vez era la acezante violencia de tu respiración, tu pecho que brincaba contra el mío, tus labios que entreabiertos pedían algo que no lograban articular.
Abandonado a mi suerte, me lancé en la odisea de la exploración. Mis manos fueron batiscafos avezados, tal vez herederas de la tradición de Costeau y la húmeda inmensidad de su mar adorado, o tal vez de Livingstone y el extravío adrede en la vorágine demencial de la selva tórrida y hambrienta. Estaba perdido, ensimismado, ya no era yo, eran sólo mis manos que buscaban un centro inexistente, algo donde terminar aquella insana locura de placer, un lugar donde hacer descansar el arrollador desquiciamiento de tocarte y no verte, de encontrarte sin haberte perdido, de reconocer tu aroma y tus formas como si alguna vez tu deseo y el mío se hubiesen conjugado en otro tiempo y lugar para darse cita allí, en el increíble punto del universo donde era posible el roce secreto de tu piel.
El crescendo era insoportable. Algo se iba a romper en ese aire cargado de presagios tibios con olor a sudor y ganas. Y de pronto, como un niño sorprendido en falta, temí. Tuve miedo, el pecado de los cobardes y las bestias, el temor que acecha a los que se aventuran mas allá del umbral de los misterios, y consciente de ti, de mi, del vértigo que me dominaba, y de todo cuanto nos rodeaba, titubeé.
Todo se disipó. La realidad de golpe duele, y yo, que puedo ser un animal, pero un animal educado al fin y al cabo, te sonreí como se sonríe cuando lo que uno quiere es morir, llorar e incluso perderse para siempre entre los deltas oscuros del cuerpo de una mujer. Te di un abrazo, cerré mis ojos, y te acaricié el cabello hasta hacerte dormitar entre mis brazos, pensando que nada en el mundo me habría sacado de allí, y que tal vez sólo lo soñé, que nunca te toqué, que en realidad siempre estuvimos así, tu dormida y yo acariciándote el cabello, aceptando con resignación que la realidad misma es un concepto equívoco cuando lo que respira frente a ti es la encarnación misma del deseo, enredado bajo unas frazadas en lo mas profundo de la noche, justo antes del amanecer.